La pregunta ya no es si habrá afectaciones, sino cuánto tiempo viviremos en esta especie de limbo económico. Porque la incertidumbre, cuando se vuelve crónica, termina siendo un lastre silencioso. Dificulta las decisiones, frena la inversión y hace que tanto empresas como consumidores opten por esperar y ver. Lo peor es que, incluso si se alcanza algún tipo de acuerdo o se implementan contramedidas, todo apunta a que
esta política comercial agresiva llegó para quedarse por un buen tiempo. Y eso, inevitablemente, pesa.
Los datos de la economía estadounidense ya muestran señales de enfriamiento. Aunque se habla de una posible contracción en el primer trimestre, en
TransEconomics estamos proyectando un crecimiento moderado del 2.2% para este año.
México tampoco escapa a este contexto.
La economía coquetea con la recesión técnica —dos trimestres consecutivos de contracción—, y
el motor del consumo, que hasta hace poco parecía resistente, ha empezado a fallar. La inversión fija lleva tiempo debilitándose, y con ello se desvanece parte del impulso que necesitábamos para enfrentar un entorno global menos favorable.
Esperamos que el primer semestre de 2025 esté marcado por una contracción, con una leve mejoría hacia el cierre del año, lo suficiente apenas para registrar un crecimiento de 0.3%.
En términos inflacionarios, el menor dinamismo ayuda a reducir presiones sobre los precios, pero no lo suficiente como para compensar el alza en los costos de producción que generan los aranceles. La inflación en Estados Unidos, medida a través del deflactor del gasto en consumo (PCE), se mantiene cerca del 2.5%, mientras que la subyacente sigue por encima del objetivo de la Fed.
En este escenario, se prevé que el banco central recorte tasas hacia finales del año, con una primera reducción modesta, probablemente de 25 puntos base. La curva de rendimientos podría aplanarse si los temores de recesión se intensifican. En otras latitudes, el Banco de Japón continuará su proceso de normalización monetaria, mientras que el BCE en Europa parece inclinado a seguir reduciendo tasas.
En México, la inflación se mantendría alrededor del 4%, con una baja gradual en los precios de servicios, aunque los de mercancías podrían repuntar por efecto de la comparación anual. El Banco de México, en línea con este panorama, mantendría su ciclo de recortes, cerrando 2025 con una tasa objetivo cercano al 8%.
El tipo de cambio, como era de esperarse, no será inmune. Con la volatilidad global al alza y los riesgos locales acumulándose, es probable que veamos el dólar rondando los 21 pesos, con episodios de mayor presión si los mercados se ponen nerviosos.
A nivel interno, tampoco faltan motivos para la cautela.
En junio se renovarán 881 cargos del poder judicial, un proceso que, más allá de su complejidad técnica,
tendrá repercusiones directas sobre el estado de derecho en México. Según la Encuesta de Expectativas de Banxico de abril, el 40% de los analistas considera
la gobernanza como uno de los principales frenos al crecimiento. No es un dato menor.
Estamos en un momento delicado, donde los riesgos se acumulan y las certezas escasean. No se trata de caer en el pesimismo, pero tampoco de minimizar los desafíos. Es tiempo de
mirar con atención lo que está ocurriendo dentro y fuera del país, de fortalecer nuestros fundamentos y, sobre todo, de no perder de vista que los cambios estructurales —los que realmente importan— no se imponen desde afuera: se construyen desde adentro.
Las decisiones que se tomen en los próximos meses —en el ámbito económico, institucional y político— pueden marcar la diferencia entre una recuperación con bases firmes o una prolongación de la fragilidad.
No es un llamado a actuar con prisa, sino con claridad y responsabilidad.